Reproduim pel seu interés l’article de Ana López Ortega en la web Agenda Pública.
El balance político de 2025 dejó una constatación ineludible: la normalización de la derecha radical en Europa no es un fenómeno ni nuevo ni episódico, sino un proceso previo que, lejos de frenarse, se ha afianzado y estructurado. Lo relevante del último año no ha sido, por tanto, su irrupción, sino la consolidación de una tendencia que amenaza con intensificarse en 2026 y que ya está reconfigurando de forma profunda los equilibrios del sistema político europeo.
Los datos lo confirman. En la actualidad, las formaciones de derecha radical participan en uno de cada tres gobiernos de coalición de la Unión Europea, ya sea desde dentro del Ejecutivo o como apoyo parlamentario imprescindible. No se trata únicamente de un crecimiento electoral, sino de una transformación cualitativa: estas fuerzas han dejado de ser actores marginales o antisistema para convertirse en piezas centrales de la gobernabilidad.
“En la actualidad, las formaciones de derecha radical participan en uno de cada tres gobiernos de coalición de la Unión Europea”
El objetivo estratégico de la derecha radical europea es claro y coherente en casi todos los contextos nacionales: cooptar el espacio político de las fuerzas conservadoras tradicionales. Precisamente aquellas que, tras la Segunda Guerra Mundial, pactaron con la socialdemocraciala creación del Estado del bienestar, aceptaron el pluralismo político y contribuyeron a la arquitectura institucional y normativa de la Europa democrática. Hoy ese consenso histórico está siendo erosionado desde dentro por una derecha que combina autoritarismo cultural con distintas variantes de neoliberalismo económico.
Un consenso histórico venido a menos
Francia e Italia ilustran bien este desplazamiento. Los republicanos franceses y la democracia cristiana italiana han quedado reducidos a fuerzas secundarias. En el Reino Unido, Nigel Farage (Reform UK) amenaza seriamente con hacer lo mismo con el Partido Conservador, una formación secular que fue uno de los pilares de la democracia liberal y un referente internacional. En Portugal, Polonia y en otros países de Europa central, la derecha radical ha logrado victorias electorales decisivas, empujando al conservadurismo clásico a la irrelevancia o a la subordinación.
A este escenario se suma ahora un factor de alcance global: el regreso de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos, acompañado por J. D. Vance. Su influencia sobre los radicales europeos se despliega en dos dimensiones complementarias. La primera es la imitación del modus operandi trumpista: un liderazgo que concibe el Estado como una empresa, desprecia los contrapesos institucionales y gobierna sin atender a límites legales o consensos parlamentarios. A ello se suman políticas de remoralización cristiana frente a la secularización, la instrumentalización del inmigrante como chivo expiatorio, el cuestionamiento de los acuerdos internacionales surgidos después de 1945, el proteccionismo agresivo, el securitismo y la criminalización sistemática del adversario político.
“Trump y Vance respaldan a esta familia de partidos europeos porque buscan debilitar a la Unión Europea como competidor económico”
La segunda dimensión es estratégica y geopolítica. Trump y Vance respaldan a esta familia de partidos europeos porque buscan debilitar a la Unión Europea como competidor económico, pero también como contramodelo político y social basado en políticas públicas, pluralismo, tolerancia y secularización. El apoyo político, mediático y financiero a estas fuerzas pretende convertirlas en un caballo de Troya que dinamite el proyecto europeo desde dentro.
El marco en España: del no gobernar al cómo hacerlo
En España la acelerada normalización de la derecha radical no se debe tan solo a la estrategia de Vox, eficaz a la hora capitalizar malestares estructurales, sino también —y de forma decisiva— a la actitud del Partido Popular. El debate ya no se centra en si se debe pactar o no con la derecha radical, sino en el contenido del programa de gobierno compartido, porque Vox ha afianzado su posición negociadora y aumentado su nivel de exigencia. La Comunitat Valenciana ha funcionado como laboratorio inicial, condicionando incluso la elección del presidente de la Generalitat, y todo apunta a la extensión de esta nueva generación de pactos más draconianos a Extremadura y otros territorios con inminentes citas electorales.
Este patrón contrasta con el de los socios europeos del PP. Los conservadores tardan de media unos 120 días en cerrar acuerdos con estos partidos; en Países Bajos el proceso se alargó 175 días y dejó fuera del Gobierno al líder más votado, Geert Wilders. En España, en cambio, la integración programática es inmediata: Santiago Abascal fija las líneas ideológicas y Alberto Núñez Feijóo las asume, reflejo de una derecha con un proyecto cada vez menos autónomo. Resulta difícil imaginar un escenario similar con su homólogo alemán, Friedrich Merz.
“Santiago Abascal fija las líneas ideológicas y Alberto Núñez Feijóo las asume, reflejo de una derecha con un proyecto cada vez menos autónomo”
Todo ello se produce en un contexto histórico que impugna el optimismo de aquel Francis Fukuyama que proclamó hace tres décadas la “universalización de la democracia liberal occidental como la forma definitiva de gobierno humano”. Hoy la democracia liberal vive asediada. Los proyectos autoritarios de derecha radical erosionan el Estado de derecho, hostigan a la oposición política y al periodismo independiente, sojuzgan al poder judicial y su fuerza electoral se amplifica por algoritmos que fomentan la polarización y la ira. Su atractivo reside en la promesa de certezas inmediatas y orden, incluso al precio de vaciar de contenido garantías y derechos en nombre de la seguridad.
Las consecuencias ya son visibles: retrocesos en políticas ambientales, endurecimiento de las políticas migratorias y ataques frontales a la tolerancia, los derechos LGTBI+, la protección de las minorías y la dignidad del inmigrante. El núcleo ideológico del proyecto europeo está en cuestión.
Las elecciones europeas de 2024 marcaron el punto de inflexión definitivo. Las derechas radicales obtuvieron entonces 187 eurodiputados —el 26% de la Cámara—, 49 más que en 2019, cuando representaban en torno al 19,6%. Aunque fragmentadas en distintos grupos parlamentarios, superaron por primera vez en conjunto a la socialdemocracia, que se quedó en 136 escaños (18,9%). De cara a las próximas elecciones, la incógnita principal es si el centro político será capaz de resistir esta dinámica o si el Partido Popular Europeo pasará de acuerdos puntuales —ya visibles en ámbitos como la transición ecológica o la inmigración— a pacto más formales y programáticos con las derechas radicales de Giorgia Meloni y Viktor Orbán, dejando fuera a socialdemócratas y liberales. De ese desenlace dependerá, en buena medida, que Europa preserve un proyecto basado en derechos, pluralismo y solidaridad o que entre en una deriva autoritaria que marcará la próxima década.
