2 abril 2026

El coste para Quart del sí a la guerra

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Hay guerras que parecen lejanas hasta que empiezan a pagarse en la gasolinera, en el supermercado, en el pequeño comercio y en la incertidumbre de cada familia. Esa es la idea central: el “sí a la guerra” nunca lo pagan quienes la aplauden desde arriba, sino la gente corriente. También en Quart de Poblet. También aquí. Porque cuando se normaliza una política internacional basada en la fuerza, en la escalada y en el seguidismo de líderes como Trump, el precio acaba llegando a los vecinos en forma de energía más cara, actividad económica más débil y más miedo al futuro.

Durante demasiado tiempo, una parte de la derecha ha querido presentar la guerra como un asunto ideológico, casi cultural, como si apoyar a los halcones internacionales fuese una prueba de firmeza, de orden o de patriotismo. Pero la realidad siempre acaba poniendo las cosas en su sitio. La guerra no es una consigna. La guerra es un coste. Y ese coste baja por toda la cadena de la economía hasta instalarse en la vida cotidiana de municipios como el nuestro.

En Quart de Poblet esto no va de geopolítica abstracta. Va de vecinos que cogen el coche para trabajar. Va de autónomos y pequeños negocios que dependen de suministros, transportes, consumo y confianza. Va de familias que miran con preocupación cualquier nueva subida de precios. Va de bares, comercios y servicios que notan enseguida cuando la gente contiene el gasto porque no sabe qué vendrá mañana. Cada vez que una guerra dispara la incertidumbre, el golpe no se queda en los mercados internacionales: entra en la economía doméstica y enfría la vida de los pueblos y las ciudades.

Por eso hay que decirlo claro: quienes han querido hacer de Trump una referencia política también deben responder por el daño que provoca su modelo. No vale quedarse con la pose agresiva, la retórica de la fuerza y la supuesta rebeldía contra el sistema, pero lavarse las manos cuando ese mismo marco genera más tensión, más inestabilidad y más costes para la mayoría social. Si has comprado el discurso, también tienes que asumir la factura.

Y esa reflexión afecta directamente a Vox. Durante años ha querido presentarse como la sucursal española de una manera de hacer política basada en el enfrentamiento permanente, el desprecio a los equilibrios internacionales y la fascinación por los líderes que convierten el mundo en un tablero de testosterona y propaganda. Mientras eso era solo ruido ideológico, podía dar rendimiento. Pero cuando el resultado es gasolina más cara, menor confianza económica y un deterioro general de la actividad, ya no estamos ante una simple extravagancia política. Estamos ante una responsabilidad.

En Quart de Poblet eso se entiende muy bien. Aquí sabemos lo que significa que los problemas reales se intenten tapar con discursos grandilocuentes. Sabemos que la vida de la mayoría depende de cosas mucho más concretas: trabajo, estabilidad, servicios públicos, comercio de proximidad, movilidad, alquileres, tranquilidad para llegar a fin de mes. Todo lo que desordena eso tiene consecuencias. Todo lo que genera más fragilidad lo acaba pagando la gente normal. Por eso el “sí a la guerra” no es una posición lejana ni simbólica. Es una amenaza directa al bienestar cotidiano.

Y además hay un elemento político de fondo que no debería pasarse por alto. Si Vox se presenta como el aliado preferente del PP, el PP no puede seguir comportándose como si eso no tuviera implicaciones. No puede beneficiarse de su apoyo cuando conviene y callar cuando toca explicar el coste material y moral del mundo que representa Vox. Si la extrema derecha es su socio útil, entonces también es su problema. Y si ese socio avala o blanquea una cultura política que convierte la guerra en herramienta, el Partido Popular tendrá que decir qué piensa exactamente del precio que pagan los vecinos.

Porque de eso va también este debate: de devolver la política al terreno de la responsabilidad. No se trata solo de denunciar a la extrema derecha por lo que dice, sino por lo que cuesta. Coste económico, porque la guerra encarece la vida. Coste social, porque debilita la confianza y retrae la actividad. Y coste democrático, porque normaliza una cultura del autoritarismo, de la obediencia emocional y del “todo vale” que termina alejando a la ciudadanía del control de su propio destino.

Frente a eso, hace falta una respuesta distinta. No solo desde la izquierda clásica, ni solo desde una pelea de siglas. Hace falta una cultura democrática que vuelva a poner en el centro a la ciudadanía, a los vecinos, a la vida cotidiana y al control de lo que realmente importa. La política útil no consiste en aplaudir guerras lejanas ni en copiar los delirios de Trump. Consiste en defender a la gente de aquí frente a las consecuencias de esos delirios.

Quart no necesita más ruido. No necesita más épica vacía. No necesita más importación de conflictos ajenos para acabar pagando facturas propias. Necesita defender su economía cotidiana, su tejido comercial, sus servicios y su convivencia. Necesita que alguien diga con claridad que el precio del “sí a la guerra” no lo pagan los poderosos, sino los vecinos.

Y precisamente por eso conviene empezar a llamar a las cosas por su nombre: cada aplauso a la escalada, cada gesto de admiración al trumpismo, cada blanqueamiento de la política de fuerza tiene una traducción concreta en la vida diaria. En Quart de Poblet también. La pregunta ya no es quién grita más fuerte. La pregunta es quién está dispuesto a defender de verdad a los vecinos del coste de esa irresponsabilidad.

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